En plena vendimia —la temporada más intensa del año para la industria vitivinícola chilena—, la egresada de la Universidad de Chile Laura Valdebenito combina su trabajo en bodega con la divulgación del vino a nuevas generaciones. Ingeniera Agrónoma y Magíster en Enología y Vitivinicultura, ha encontrado en las redes sociales y las catas a domicilio una forma de acercar el vino a la cultura cotidiana.
En Chile, la vendimia no es solo una cosecha: es una celebración que reúne tradición, trabajo agrícola y cultura en torno al vino. Cada año, entre febrero y abril, los viñedos del país entran en su momento más intenso. En ese escenario, donde la ciencia y la tradición se cruzan, se encuentra hoy Laura Valdebenito Póo. “Actualmente estoy en vendimia, que es el momento donde se cosecha la uva, es un tiempo muy intenso. Son tres meses a full con la llegada de la uva, hay que hacer las fermentaciones. Aquí empieza la magia de hacer vino”, cuenta.
Pero esa magia no es azar. Es resultado de un proceso donde se cruzan conocimiento técnico, decisiones precisas y experiencia acumulada. Como ella misma explica, la vendimia es también el punto donde todo se pone a prueba: “Después de meses de trabajo en el viñedo, es cuando el vino realmente empieza a tomar forma”. Agrega que, “al mismo tiempo, la vendimia es una tradición profundamente arraigada en Chile. Desde la época colonial ha sido un momento de encuentro, de trabajo colectivo, pero también de celebración. Tiene que ver con el campo, con las familias, con la historia del vino en el país. Hoy eso sigue muy vivo en las fiestas de la vendimia que se celebran en distintas zonas, donde no solo se muestra el vino, sino también la identidad local, la gastronomía, la música y la cultura”.

Formación: rigor, pensamiento crítico y territorio
Ingeniera Agrónoma de la Universidad de Chile, su interés por el campo comenzó desde pequeña. “Me gusta desde chica la naturaleza y nunca me imaginé trabajando desde una oficina”, dice. Su paso formativo por la Casa de Bello dejó una huella profunda. “Hay un perfil universitario que es ético, con juicio de valor, muy presente también en las luchas sociales”. A eso se suma una formación exigente desde lo técnico: comprender procesos, estudiar en profundidad y tomar decisiones con fundamento.
En ese aprendizaje, su profesor guía, Alvaro Peña, fue clave. Más allá de la perseverancia, le transmitió una forma de trabajo que hoy define su ejercicio profesional: rigurosidad, responsabilidad y criterio técnico. “Aprendí a no hacer las cosas solo por intuición, sino siempre con fundamento. En el vino, cada detalle importa y cualquier decisión, por pequeña que parezca, puede impactar en el resultado final”. Esa exigencia se traduce también en una actitud: no quedarse en lo superficial, sino entender el por qué de cada proceso.
A ello se suma una experiencia formativa marcada por la diversidad de Campus Sur, porque allí “conviven distintas realidades, distintas áreas de la agricultura, desde lo más técnico hasta lo más social. Eso te da una visión mucho más amplia del país y de lo que significa trabajar en este sector”.
Laura explica su pasión por la enología, “porque mezcla ciencia, campo, cultura, tradición y personas”. Hoy, esa mirada se amplía en su rol como divulgadora, a través de contenidos dirigidos a nuevas audiencias en su cuenta de Instagram @VinoConLauri. Su objetivo es acercar el vino y mostrar su complejidad. “Uno como consumidor ve solo la botella, pero detrás hay un año completo de trabajo”. En ese proceso, busca relevar no sólo el producto, sino también las personas, los territorios y las historias que lo hacen posible. “El vino es cultura. Ha estado siempre con las personas. Es tradición, pero también comunidad”. Esa dimensión cultural también se expresa en las catas a domicilio, donde combina conocimiento técnico con una experiencia cercana y compartida.

El vino como cultura y relato
Tras su egreso de la Universidad de Chile, Laura continuó su formación con un Máster en Negocio del Vino y Gestión Vinícola en el Barcelona Culinary Hub. Entre sus experiencias destaca la participación en el Wine Lab organizado por Viña Vik, donde obtuvo el segundo lugar en un ejercicio de ensamblaje y le permitió conocer el trabajo de viñas en Italia y Portugal. “Eso fue un motor gigante, me hizo confiar más en mis capacidades”. Internacionalmente, dice, el vino chileno es bien valorado por su calidad, pero todavía tenemos el desafío de contar mejor nuestra historia. Tenemos mucha diversidad y potencial, pero falta comunicar más nuestra identidad.
Desde su experiencia, el aporte de Chile a la enología mundial está profundamente ligado a su diversidad geográfica y a la revalorización de cepas históricas. Variedades como la País —una de las más antiguas del continente—, la Carignan o la Carmenere dan cuenta de una identidad vitivinícola que hoy se redefine desde el origen. “Chile ha tenido un rol clave en rescatar estas cepas y mostrar vinos con identidad, muy conectados con el territorio”. En ese contexto, el vino se proyecta también como embajador cultural. A sus ojos, es uno de los productos por los que Chile es reconocido en el mundo y también es una oportunidad para mostrar quiénes somos.
Universidad, historia y patrimonio
Para Laura, el rol de la Universidad de Chile en el desarrollo agronómico es estructural. “No solo formando profesionales, sino también impulsando investigación, innovación y el desarrollo del sector agrícola en general. En enología en particular, su aporte ha sido muy relevante en la formación de enólogos con una base científica muy sólida, que entienden no solo la práctica, sino también los procesos detrás del vino: fermentación, microbiología, química, viticultura. Eso se ve mucho en los profesionales que han salido de la Chile y que hoy están liderando proyectos, trabajando en viñas importantes o desarrollando proyectos propios pequeños con identidad de origen, lo que ha permitido mostrar la diversidad del país”.
Un ejemplo emblemático es la creación de la primera destilería en Chile en 1842, en la Quinta Normal. “La destilería nace en 1842, prácticamente junto con los inicios de la enseñanza agrícola en Chile, en la Quinta Normal, que fue el primer centro de formación agrícola en Sudamérica. Entonces no es solo una destilería, es un espacio que desde sus orígenes estuvo ligado a la formación de profesionales, a la experimentación y a entender los procesos productivos desde la práctica”. Agrega: “el hecho de que sea la destilería más antigua del país y que hasta hoy siga funcionando, con métodos tradicionales como los alambiques de cobre, muestra una continuidad muy fuerte entre tradición, conocimiento y formación”. Desde su punto de vista, representa muy bien a la Universidad de Chile: “una institución que no solo enseña teoría, sino que también construye historia, patrimonio y conocimiento aplicado (…) la destilería es un símbolo de cómo la universidad ha aportado no solo a formar profesionales, sino también a construir la identidad agrícola y vitivinícola del país”.
En un escenario marcado por el cambio climático, Laura destaca la resiliencia de la vid y el rol de la investigación. “Las parras necesitan poca agua y el estrés hídrico moderado puede mejorar la fruta. Hay mucha ciencia detrás”. También observa cambios en el consumo: nuevas generaciones que buscan productos con historia, sostenibilidad e identidad. En ese contexto, el vino chileno tiene una oportunidad: posicionarse desde su autenticidad.
Más allá de la técnica, hay un elemento que atraviesa toda su práctica: la experiencia sensorial. “El ritual de catar es como una meditación. Te obliga a estar presente, a conectar con los sentidos”. Ese momento abre espacio a la memoria, a las emociones y al encuentro con otros. Porque, finalmente, el vino también es eso: conversación, comunidad, historia compartida, dice.
En plena vendimia, entre fermentaciones, decisiones y relatos, Laura Valdebenito Póo representa a una generación que entiende el vino en toda su complejidad: como ciencia, como cultura y como una forma de construir sentido desde el territorio.
