Ignacio Idalsoaga, médico veterinario de la Universidad de Chile y fundador del Bioparque Buinzoo, ha dedicado su vida a transformar la relación entre las personas y la naturaleza. Desde una formación marcada por el rigor y la vocación pública, ha impulsado un proyecto pionero que hoy integra conservación, educación y bienestar social, posicionándose como un referente en Latinoamérica.
Hablar con Ignacio Idalsoaga es hablar de vocación, de intuición y también de una trayectoria construida desde la experiencia. Egresado de Medicina Veterinaria de la Universidad de Chile, su historia profesional no fue lineal, pero sí profundamente coherente con un sello que reconoce sin titubeos: el de una formación exigente, pionera y comprometida con el país.
Desde niño, su mundo estuvo marcado por la creatividad y la naturaleza. “Innato construía ciudades”, recuerda, en una inclinación temprana hacia el diseño que pudo haberlo llevado por otro camino. Sin embargo, el entorno familiar —crianza de animales, rescate de perros callejeros, vida en contacto con lo rural— terminó inclinando la balanza. “Había un nexo de sensibilidad con el mundo animal y natural”, señala.

Una generación pionera
Su paso por la Universidad de Chile estuvo lejos de las comodidades actuales. Fue parte de la primera generación en llegar al Campus Sur, ubicado en Santa Rosa. Fue “muy complejo, porque eran instalaciones recién hechas. Eran bien precarias, y éramos la piedra del zapato de la Escuela de Agronomía y de Forestal, porque comíamos en su casino y usábamos algunas de sus salas de clases… Había una movilidad atravesando el campus que de repente se hacía bastante tedioso. Y en la noche, cuando salíamos en invierno, tarde, tenías que esperar el bus en la orilla de la avenida Santa Rosa sin iluminación. Era un tiempo bastante más complejo que lo que hay hoy día.
“Fuimos hijos del rigor. No había pasto, no había jardines, era rústico, pero funcionaba”, recuerda. Aquella experiencia no solo marcó su carácter, sino también una mística generacional: estudiantes que, en condiciones adversas, construyeron comunidad y desarrollaron una ética de trabajo sólida.
“Tengo la sensación de que fuimos pioneros y que de ahí salieron grandes profesionales”, reflexiona. “La relación que tuve en la universidad fue con grupos más bien pequeños, nunca fui de grandes asados ni convivencias, pero tengo un grupo de colegas cercanos y creo que cada uno de ellos hizo grandes cosas para el país. Tengo la sensación de que la universidad nos entregó herramientas y que nos tocó hacer cosas interesantes. Y a mí, por el tema del zoológico, me hace un poco más público”.
Ese entorno exigente también se vio reflejado en su formación académica, donde destaca figuras como la doctora Sánchez, con quien impulsó diagnósticos pioneros en criaderos de cerdos, detectando brucelosis en una época donde aquello era inusual. También menciona a docentes que guiaron sus primeros intereses profesionales, vinculados inicialmente a la industria porcina. “Partí como caballo con anteojeras pensando que criar cerdos era mi futuro, y terminé en un rubro bastante distinto”, dice, evidenciando los giros inesperados que marcarían su trayectoria.

El sello de la Chile: herramientas y propósito
Al mirar en retrospectiva, Idalsoaga reconoce en su formación universitaria un punto de partida clave. “Tengo la sensación de que la universidad nos entregó herramientas y que nos tocó hacer cosas interesantes”, afirma. Aunque debió complementar su formación con conocimientos en gestión, marketing y administración, destaca que sin la base de la veterinaria difícilmente habría desarrollado el proyecto que hoy lidera. “De no haber sido veterinario, difícilmente habría llegado a tener un zoológico”, sostiene.
Ese proyecto comenzó de manera modesta, como un espacio de rescate de fauna chilena. Durante 14 años, fue el primer centro de rescate del país, sentando las bases de lo que luego evolucionaría en un zoológico y, finalmente, en un bioparque.
De zoológico a bioparque
Uno de los hitos más relevantes de su gestión fue posicionar al entonces zoológico como el segundo en el mundo en obtener certificación ISO, en una época en que estos estándares eran prácticamente desconocidos en Chile. “¿Por qué no podemos ser el segundo?”, se preguntó, en una lógica que revela uno de sus rasgos más distintivos: la capacidad de anticiparse y desafiar límites.
Hoy, el Bioparque Buinzoo es el único zoológico B del mundo, integrando en su modelo no solo la conservación, sino también un compromiso explícito con lo social y medioambiental. “Somos busquillas, estamos con las antenas siempre puestas en el mundo”, afirma.
El cambio más profundo, sin embargo, vino tras la pandemia. Con el parque cerrado durante 345 días —siendo el zoológico que estuvo más días cerrado en el mundo—, la crisis obligó a repensarlo todo. “Lo primero fue repensar el zoológico”, relata.
De ese proceso surgió la transformación hacia un bioparque: un espacio que amplía el foco desde los animales hacia los ecosistemas completos. Así, comenzaron a integrar la conservación de plantas, el estudio de hongos, la protección de abejas nativas y la educación ambiental desde una mirada sistémica. “Se abrió un abanico tan amplio de posibilidades que nos entusiasmó muchísimo”, dice. Hoy, el bioparque no solo crece en infraestructura —con nuevos proyectos como la recreación de ecosistemas del norte de Chile—, sino también en impacto y alcance.

Un espacio de encuentro y transformación social
Con cerca de 800.000 visitantes anuales y un equipo que puede superar las 500 personas en temporada alta, el Bioparque se ha convertido en mucho más que un centro de conservación: es un espacio de encuentro social.
“Tenemos innumerables historias de vida”, comenta, aludiendo a testimonios de personas que encuentran en el parque un lugar de contención emocional. Destaca especialmente el trabajo en zooterapia, llevando animales a hospitales y trabajando con niños, incluyendo aquellos con Trastorno del Espectro Autista (TEA). Una labor que durante años realizaron de forma silenciosa, pero que hoy buscan visibilizar para ampliar su alcance. “Estamos convencidos de la labor increíble que los animales hacen en los niños que están pasándolo mal”, afirma.
A pesar de los años, su vínculo con la Universidad de Chile sigue vigente. Participa activamente en la Red Alumni y valora profundamente los espacios de encuentro con otras generaciones. “Orgullosísimo”, responde cuando se le pregunta por su formación. Ese orgullo se refuerza en experiencias personales, como ver a su hija estudiar también en la Universidad de Chile y compartir incluso algunos profesores.

Aportar al país
El sentido de servicio, uno de los sellos distintivos de la Universidad de Chile, encuentra en su historia una expresión concreta. Idalsoaga lo resume en una anécdota que lo marcó profundamente. Durante una visita nocturna al parque, un visitante se le acercó y le hizo una pregunta inesperada: ¿Qué se siente hacer feliz a tanta gente? “Me dejó helado”, recuerda.
Esa pregunta condensa el impacto de su trabajo. Más allá de cifras, certificaciones o infraestructura, su proyecto ha logrado generar bienestar, conexión y aprendizaje. “Tenemos (él y su familia) la sensación de estar dejando el mundo mejor que cuando ingresamos a él”, afirma.
Y agrega, con humildad: “Siento que estoy aportando una gota de agua a la humanidad, con un lugar mágico, porque los animales son mágicos. No hay forma de no ver la mano del creador en la naturaleza, y nosotros simplemente hacemos que la experiencia sea más agradable”.




