El actor Francisco Melo repasa su historia con la Universidad de Chile, institución donde se formó entre 1986 y 1990. En esta conversación, reflexiona sobre el valor del arte en la sociedad, el rol de la educación pública y la huella profunda que dejaron en él sus maestros, compañeros y la experiencia universitaria.
Nacido en Santiago, Francisco Melo creció en una familia numerosa, siendo el quinto de seis hermanos. Su vínculo con la Universidad de Chile atraviesa generaciones. Su padre estudió Ingeniería en Beauchef, su hijo siguió el mismo camino en Geología, y entre ambos recorridos, Melo encontró su propio destino en las artes.
Ingresó a la Facultad de Artes de la Universidad de Chile en 1986, siendo parte de una generación fundacional en la renovada Escuela de Teatro ubicada en Morandé 750. Su debut en las tablas llegaría en 1990 con la obra Marat Sade, bajo la dirección de Fernando González, marcando el inicio de una trayectoria que lo convertiría en uno de los actores más reconocidos del país.
Desde entonces, ha sido parte de algunas de las teleseries más emblemáticas de la televisión chilena —como Estúpido Cupido, Sucupira, Tranquilo Papá y Los Casablanca—, además de destacadas producciones cinematográficas como Tuve un sueño contigo y El Bosque de Karadima. En teatro, ha brillado en montajes como Roberto Zucco, Otelo y Las Brujas de Salem. Su talento y popularidad han sido reconocidos con los premios Altazor, Caleuche y Copihue de Oro. Pero más allá de los escenarios y las pantallas, su historia está profundamente marcada por la Universidad de Chile.

La experiencia universitaria: un antes y un después
La Universidad de Chile representó para Melo una transformación profunda. Fue una experiencia muy distinta en relación con la convivencia en el colegio. En la universidad se encontró con un mundo diverso. Y asegura que eso ayuda “al crecimiento integral de la persona, a reconocer, a habitar y a compartir nuevos mundos, nuevas experiencias, nuevas vidas”. Y ese encuentro con miradas y realidades variadas, es para él uno de los grandes valores de la educación pública.
Su paso por la Universidad también estuvo marcado por vínculos que perduran hasta hoy. Compañeros y compañeras que luego tomarían distintos caminos, pero que compartieron un mismo impulso creativo. Entre ellos, menciona a Patricia Velasco, la madre de sus hijos; Paola Volpato y Gonzalo Muñoz. Con Luis Ureta, Jorge López y Felipe Izquierdo, formaron un grupo inolvidable. Se autodenominaban “el elenco”. “Nosotros cuatro sentíamos que éramos geniales, únicos, inalcanzables, con un ego desbordado”. Entre risas, recuerda esa etapa como un proceso necesario de aprendizaje por las caídas que también tuvieron. Ese proceso se coronó con un hito que aún resuena en su memoria: “Culminó con un egreso que algunos aún recuerdan, que es la obra de Marat Sade de Peter Weiss (…) fue una experiencia realmente maravillosa y creo que nos marcó a todos”.
El valor del maestro
Si hay una figura que atraviesa su relato con especial fuerza, es la de Fernando González, su profesor y director. “Fue mi maestro, lo califico como mi padre dentro del arte de la representación”. De él no solo aprendió técnicas actorales, sino principios fundamentales para la vida. “Me inculcó valores que hasta hoy creo que son fundamentales (…) la disciplina, el rigor, el coraje, la valentía, el respeto, el escuchar”. Y es justamente esa última idea la que se vuelve central en su visión del arte: “Al fin y al cabo, no es tan importante el decir, sino que es mucho más importante el escuchar”. Añade: “Esa escucha creo que también forma parte importante de la vida y de la vida universitaria, de lo que te decía al principio, de esta instancia donde uno se encuentra en la diversidad”. Con Fernando González, generó un vínculo que fue fundamental, que le ayudó a valorar la importancia del maestro, “que es una figura que hoy en día está desdibujada desde la educación primaria hasta la educación universitaria. Esta imagen en la cual uno confía, a la cual uno escucha, con la cual uno también debate”.
Para Melo, el arte no es solo una profesión, sino un oficio que se construye en comunidad y en el tiempo. Siento que el actor o el artista, es más bien un oficio que una profesión”. Y en ese camino, la transmisión entre generaciones es clave: “Lo importante es que el discípulo logre superar al maestro (…) como construir una escalera juntos”.

La Universidad de Chile y el teatro chileno
Al reflexionar sobre el aporte de la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile, Melo lo sitúa en una tradición histórica fundamental. Cuando él ingresó a estudiar “ya había un bagaje con Pedro de la Barra, Agustín Siré (…) Son figuras que fueron construyendo los pilares, o los radieres, que uno después habitará. Gracias a ellos existe el Teatro Nacional Chileno. Es realmente fundamental el Teatro de la Universidad de Chile, que pasa de generación en generación”.
Ese legado sigue vigente, incluso en un contexto donde el acceso a la cultura ha cambiado. “Me llena de orgullo ver que el teatro sigue gravitando, sigue creciendo, sigue teniendo una presencia importante en la escena nacional”. Está seguro que “eso ayuda a los jóvenes a tener ganas de seguir experimentando con el arte de la representación. Hablo del arte de la representación más que del teatro, porque nos va a llevar al teatro, al cine, a la televisión, hoy a las redes sociales y a nuevos soportes que también van a ser importantes”
En un país donde muchas veces lo urgente desplaza a lo esencial, Melo defiende con convicción el rol del arte. “El arte forma parte esencial del crecimiento integral de una persona (…) He tenido la suerte también de ver el impacto que tiene en los jóvenes la experiencia artística, ya sea teatro, cine o televisión para el crecimiento integral del ser humano. Forma parte de una composición global para un ser humano completo”.
En ese sentido, destaca el compromiso de la Universidad de Chile: “Es bonito que, pese a la dificultad de tipo económica, de tipo política, la Universidad de Chile siga manteniéndose firme y defendiendo día a día lo que significa mantener en pie la carrera artística. Lo veo en mi amiga, Annie Murath, con respecto a su trabajo en la Escuela de Teatro como directora, y sé lo difícil que es”. Añade: “Sin duda, un joven con sensibilidad artística o con un bagaje artístico va a enfrentar su vida de forma muy distinta a los demás. ”
Francisco Melo valora enormemente la docencia del mundo universitario. “Creo que hay cariño, hay entrega, hay un corazón latente y a ratos un poco herido con respecto a cuál es el rol del profesor dentro de una sociedad (…) Al fin y al cabo la universidad la forman las personas, los profesores, los investigadores, los alumnos…”. Y hace un llamado claro a las nuevas generaciones hacia “la tolerancia, la conversación, la escucha, a darse cuenta de lo importante que es tener una convivencia sana. Podemos ser totalmente distintos con respecto de dónde venimos, quiénes somos, qué pensamos, cuáles son nuestros ideales, cuáles son nuestros conceptos éticos, pero tenemos que aprender a escucharnos, a valorarnos, a querernos”. Y, finalmente, deja una reflexión: “La invitación es a darse cuenta del privilegio de formar parte de una comunidad, la Universidad de Chile, que es fundamental dentro de la historia”.

Un presente en movimiento
Actualmente, Francisco Melo sigue explorando nuevos lenguajes y escenarios. Por estos días trabaja en la obra El Quinto Paso, dirigida por Jesús Urquieta, y continúa desarrollando proyectos audiovisuales y teatrales. “Estoy participando en distintas actividades de tipo audiovisual, terminé de hacer una película, me gusta estar indagando. Me he dedicado a Juntos Films, que es una productora de cine con la cual me he involucrado no sólo artísticamente, sino también en el área de la producción”.
Sobre su participación en proyectos televisivos dice: “He tenido la suerte de mantenerme trabajando en televisión durante mucho tiempo. (Ahora) está un poco en pausa, pero lo más probable es que a fin de año forme parte de un nuevo elenco, porque sigo trabajando en el canal Mega”
También ha encontrado en las redes sociales un espacio inesperado de conexión con su cuenta @PanchoMelo que tiene 758 mil seguidores. Por un tema generacional, al principio veía la presencia en redes bajo el prisma del prejuicio. Sin embargo, “me di cuenta que era un lugar que tiene muchas aristas, algunas muy positivas, y otras de mucho cuidado, más que negativas (…) Se ha generado una suerte de comunidad que ha sido bastante notable”. Dice que se ha encontrado “con otra forma de comunicar. En el teatro se comunica de una forma, la radio tiene otra, y la forma en que uno se conecta con las audiencias ahí ha sido bastante interesante. Junto con la Dani (Lhorente, su pareja) nos hemos divertido. Y tiene que ver con eso también, con mis 60 años recién cumplidos valoro lo importante que es divertirse, ser feliz, encontrar la felicidad en las cosas que uno hace”.
Y, fiel a su trayectoria, mantiene una mirada reflexiva sobre el éxito y el fracaso: “Fracaso es una palabra que es importante usarla porque no es malo, forma parte del viaje. El fracaso enseña a pararse. El éxito es complejo, hay que tener cuidado”.
La historia de Francisco Melo es, en muchos sentidos, la historia de una formación que trasciende lo académico. Una experiencia vital, profundamente humana, donde el arte, la educación pública y la convivencia se entrelazan. Su paso por la Universidad de Chile no solo lo formó como actor, sino también como persona. Y ese sello —hecho de escucha, rigor, diversidad y compromiso— sigue presente en cada uno de sus escenarios.