Escultora Norma Ramírez: “No podría verme en otro trabajo, crear es una necesidad de vida”

Por Paz Alejandra Escárate Cortés
19 de marzo de 2026


Formada en la Universidad de Chile en plena década de los ochenta, la escultora Norma Ramírez ha construido una trayectoria marcada por la docencia, el compromiso con lo público y la exploración del lenguaje artístico como forma de comunicación. Hoy, su obra dedicada a Gabriela Mistral en el centro de Santiago dialoga con la ciudad y sintetiza una vida atravesada por la creación, la memoria y el sello formativo de la Casa de Bello.

Norma Julieta Ramírez Bustos (1964) supo desde niña que sería artista. Su vocación temprana no estuvo exenta de dudas prácticas: la posibilidad de estudiar arquitectura apareció como una alternativa más segura. Sin embargo, la certeza de dedicarse al arte terminó imponiéndose, marcando una decisión que definiría su vida.

Norma Ramírez, egresada de la UCHILE, es coautora de la escultura a Gabriela Mistral recientemente ubicada en el centro de la capital.

Ese camino encontró un punto de inflexión en la Universidad de Chile. Tras conocer distintas opciones formativas, Ramírez optó por ingresar a la Licenciatura en Artes Plásticas con mención en Escultura, donde estudió entre 1983 y 1989. La elección no fue casual: buscaba un espacio más humano, cercano y abierto, rasgos que encontró en la Casa de Bello y que reconoce como fundamentales en su desarrollo. “Había una relación más humana, más cercana”, recuerda sobre sus años universitarios. En contraste con otras experiencias, en la Universidad de Chile encontró un entorno donde el diálogo, la diversidad social y la libertad creativa no solo eran posibles, sino constitutivos de la formación artística.

Su paso por la Universidad coincidió con una época de intensa efervescencia política y cultural. Esa experiencia marcó profundamente su mirada: “Había mucho movimiento político, participé bastante. Todo eso me dio una visión distinta”. La formación no se limitó a lo técnico, sino que amplió su comprensión del arte como práctica situada, vinculada a la sociedad y a sus tensiones.

En ese proceso, las y los docentes jugaron un rol decisivo. Entre ellos, el escultor Juan Egenau dejó una huella imborrable; Ramírez fue parte de su último grupo de estudiantes. Incluso en los días finales de su vida, “seguía trabajando con nosotras, enseñándonos. No era un compromiso, era una necesidad vital de crear”, relata. Esa experiencia no sólo la marcó emocionalmente, sino que reforzó una convicción que atraviesa toda su trayectoria: el arte como impulso esencial.

Esa misma idea se conecta con su propia biografía. Durante su infancia, no habló hasta los seis años, más tarde, el arte se transformaría en una vía de expresión y comunicación. “Me cuesta mucho comunicarme verbalmente, siento que con el arte fluyo y llego a mucha gente”, afirma. La escultura, entonces, no es solo un oficio, sino un lenguaje profundo que le permite vincularse con otros.

Obra Añañucas, situada cerca del pueblo Baquedano, en la región de Antofagasta

El sello de la Universidad de Chile también se expresa en su vocación docente. La diversidad social que experimentó como estudiante —compartiendo con personas de distintos contextos, pero con un interés común— se refleja hoy en su trabajo con comunidades. A lo largo de los años ha impulsado talleres en escuelas rurales, espacios comunitarios y programas dirigidos a mujeres, entendiendo la enseñanza como un espacio horizontal de intercambio. En la Universidad de Chile “me sentía como una igual con mis profesores, y eso trato de transmitirlo”, explica. Esa forma de enseñar, basada en el reconocimiento del otro y en la valoración de las experiencias individuales, se conecta directamente con su formación universitaria.

Su obra ha transitado por distintos territorios, desde intervenciones de gran escala en el desierto hasta proyectos vinculados a la memoria y los derechos humanos, como la Plaza de la Esperanza en el Parque por la Paz Villa Grimaldi o el Camino de la Memoria en el Parque Estadio Nacional. En todos ellos, el trabajo colectivo y la dimensión pública del arte ocupan un lugar central.

Obra «Piel», exhibida en el Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad de Chile

Hoy, esa trayectoria converge en la escultura dedicada a Gabriela Mistral emplazada en la Plaza Italia o Plaza Dignidad, un espacio cargado de significados históricos y contemporáneos. Para Ramírez, el vínculo con la poeta no es distante: su experiencia viviendo en el Valle del Elqui y su trabajo impartiendo talleres para niños en el espacio del museo ubicado en Vicuña, le permitieron aproximarse a su universo desde la cotidianidad y la memoria territorial.

La obra, desarrollada junto a la artista Mariana Silva, propone una lectura distinta de Mistral. A través de la superposición de rostros correspondientes a distintas etapas de su vida, busca alejarse de la imagen rígida y única para mostrarla como una figura compleja, cercana y profundamente humana. “Quisimos mostrarla como una mujer, como todas”, señala.

El resultado es una escultura que invita a la interacción: al recorrerla, las facciones se transforman, se mezclan y generan nuevas lecturas. Más que una interpretación cerrada, la obra propone una experiencia, en línea con la visión de la artista sobre el arte público: un espacio para sentir, más que para explicar.

A través de la superposición de rostros correspondientes a distintas etapas de su vida, busca alejarse de la imagen rígida y única para mostrarla como una figura compleja, cercana y profundamente humana. Foto: Gentileza de 32_cascos

En ese sentido, la elección de Plaza Italia o Plaza Dignidad —un lugar atravesado por debates, memorias y tensiones— no es menor. Para Ramírez, la obra ha actuado como un catalizador de conversaciones sobre el sentido del arte y su rol en el espacio público, reafirmando su convicción de que la creación artística debe dialogar con la sociedad.

En la mirada de Norma Ramírez sobre el arte, en su forma de enseñar, en su compromiso con lo público y en su manera de entender la creación como una necesidad vital, persiste el sello de una formación que, más que técnica, fue profundamente humana. “Me siento privilegiada de trabajar en lo que me apasiona”, afirma. Una declaración que no solo resume su experiencia personal, sino que también refleja el espíritu de una obra que, desde la escultura, busca abrir espacios de encuentro, memoria y transformación.